Mientras el discurso oficial exige unidad, la realidad muestra fracturas, silencios estratégicos y ausencias reveladoras. Las viejas tensiones internas resurgen disfrazadas de disciplina
La escena se montó con toda la solemnidad de una liturgia partidista: el Consejo Nacional de Morena sesionó en la CDMX con los aires de una ceremonia más devota que deliberativa. Pero bajo el manto de la “unidad” y los discursos inflamados, se respiró más incomodidad que consenso.
Tres nombres –Adán Augusto López, Ricardo Monreal y Andy López Beltrán– flotaron como fantasmas incómodos entre los pasillos del evento guinda, y aunque algunos no estuvieron presentes físicamente, su ausencia gritó más fuerte que cualquier consigna coreada desde la tribuna.
Al tabasqueño Adán lo persigue más que su sombra: lo acosa el escándalo de su exsecretario de Seguridad, Hernán Bermúdez, prófugo de la justicia y señalado de múltiples tropelías.
En un intento por barrer bajo la alfombra, hasta los discursos de Luisa María Alcalde y Alfonso Durazo evitaron mencionar el caso directamente, aunque las alusiones fueron tan obvias como el silencio cómplice de muchos.
El hoy senador reapareció, fiel a su estilo, achacando todo a “la politiquería”, mientras su paisano y gobernador Javier May se lavó las manos con sutileza: “que explique Adán”, dijo, sin molestarse en ofrecer respaldo.
La frase que más resonó no fue de apoyo, sino de elocuente indiferencia: “cada quien que se rasque con sus uñas”.
El diputado Ricardo Monreal decidió no asistir, aunque su ausencia se sintió como un jaque preventivo. El Consejo aprobó lineamientos que impactan a su clan político: no a la reelección, no al nepotismo. ¿Casualidad? Difícil de creer.
Y Andy, el hijo de AMLO, también brilló por su evasiva, porque tuvo un tema “un poquito urgente”, según dijo su compañera Carolina Rangel.
Como sea, el secretario de Organización optó por el mutis estratégico, acaso para no encender más fuegos en la pradera del caso Tabasco, donde el nombre de su padre circula con la misma soltura que las especulaciones.
El clímax del día fue cortesía de Alfonso Durazo, quien además de presidir el Consejo, ofició una misa de fe partidista. La palabra “unidad” se repitió con tono monocorde y efecto de advertencia: quien disienta, será señalado; quien aspire sin permiso, será excomulgado.
Habló de lealtades absolutas, pero con aroma de templo dogmático, haciendo del obradorismo no una plataforma política sino una doctrina de redención.
Luisa María Alcalde cerró el acto con un discurso de frases recicladas, promesas de limpieza moral que contrastan con la fauna real del partido.
Habló de ética y formación como quien vende espejos a un mercado lleno de operadores con más pasado que principios.
Aseguró que Morena no protege corruptos, pero más que una afirmación, parecía más una coartada preventiva.
Así, mientras los focos iluminaban el templete, lo verdaderamente relevante sucedía entre sombras, cuchicheos y pasillos: una coreografía de poder, blindaje y simulación. Parecía que Morena se vestía de unidad, pero debajo del traje, la costura crujía en silencio.
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HAIGA SIDO COMO HAIGA SIDO, como diría el clásico, Alessandra Rojo de la Vega se convirtió en la principal aspirante de la oposición a la Jefatura de Gobierno de la CDMX.
Ocurrente, retadora y hasta sarcástica, logró subir a su ring a la presidenta Sheinbaum y a Clara Brugada, después de retirar las estatuas del Che y Fidel de un parque de la alcaldía Cuauhtémoc.
Fue tan tibia la respuesta de los morenistas locales que hasta secretarios de Estado entraron a la polémica con la alcaldesa. Con eso la hicieron crecer como la espuma y ahora falta ver cómo la bajan.
En unas cuantas horas se adueñó de la agenda pública y de los medios de comunicación. Se hizo viral gracias a la 4T, que le ha dado más importancia de la que tiene el tema en cuestión.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “Adán Augusto no está solo… pero tampoco lo apoyan”.





