Busca el gobierno federal romper con la dependencia de India y China para poder producir fármacos y medicamentos propios. Mientras Trump ve en el tema farmacéutico un área de oportunidad con nuestro país
La compra y el abasto de medicamentos siguen siendo el dolor de cabeza más persistente del gobierno. A pesar de los relevos y de los ajustes, la herencia del sexenio anterior pesa como una deuda moral.
Las promesas de surtir, en tiempo y forma, se enfrentan a una realidad más cruda: México sigue dependiendo de los laboratorios extranjeros, especialmente de India y China, para cubrir su demanda básica.
Y, en un intento por corregir el rumbo, los secretarios de Salud y Economía, David Kershenobich y Marcelo Ebrard, iniciaron conversaciones con laboratorios, distribuidores y representantes de la industria farmacéutica nacional.
La idea es ambiciosa: dar un giro de 180 grados y sentar las bases de una soberanía sanitaria, en la que los fármacos se produzcan en territorio nacional, bajo la supervisión y distribución del Estado.
El reto no es menor. Los errores dejaron un sistema desarticulado. Por eso, en la nueva estrategia, el gobierno pretende realizar alianzas con el sector para impulsar la producción, garantizar abasto y reducir la dependencia exterior.
Pero no todos los actores son locales. En esta reconfiguración geopolítica aparece un personaje tan predecible como inquietante: Donald Trump. El magnate, hoy obsesionado con reposicionar la manufactura estadounidense, ha visto en México un aliado útil para cerrar el paso a los gigantes asiáticos.
Con enviados a Washington, desde la Casa Blanca se ha planteado aprovechar la renegociación del T-MEC para incluir al sector farmacéutico como prioridad. En otras palabras, EU quiere que México deje de comprar a la India y a China, pero compre bajo el paraguas norteamericano.
No se trata sólo de diplomacia comercial; se trata de control. Trump busca apropiarse de las cadenas de suministro que dominan los asiáticos y convertir al bloque del norte en el nuevo epicentro de la producción de medicamentos. Y México, urgido por resolver su crisis de abasto, parece dispuesto a escuchar.
Mientras tanto, prepara nuevas licitaciones bianuales, criterios de producción local y alianzas estratégicas con Birmex, encabezada por Carlos Alberto Ulloa.
Buscan dar los primeros pasos para que laboratorios instalados en el país fabriquen medicamentos públicos; sin embargo, la Cofepris, dirigida por Armida Zúñiga, enfrenta presiones para reducir el rezago regulatorio y aceptar estándares que agilicen el registro de nuevos productos.
En los papeles, el plan suena bien: producir en casa, reducir costos, fortalecer la industria nacional y garantizar el acceso a la salud. En la práctica, sin embargo, los fantasmas de la improvisación siguen rondando.
Las megacompras, la burocracia y la falta de coordinación ponen en riesgo la estrategia. México tiene hoy una oportunidad histórica para reconfigurar su sistema farmacéutico y demostrar que la salud puede ser también un motor industrial.
Porque el verdadero síntoma de esta crisis no es la falta de medicinas, sino la falta de memoria. Y si el país no aprende de sus errores, ninguna receta –ni siquiera la de Trump– podrá salvarlo.
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ESTA SEMANA CONTINUARÁN las reuniones entre autoridades y las principales asociaciones farmacéuticas en México como la CANIFARMA, de Guillermo Funes; AMIIF, de Julio Ordaz; la ANAFAM, de Jaime López; y la ANADIM, de Carlos Manuel Ordóñez Pindter.
Y en términos generales, los industriales del ramo se mantienen a la expectativa, pero también esperan ver cómo le entran al tema la Cámara de Diputados, que preside la panista Kenia López, y el Senado de la República, que encabeza la morenista Laura Itzel Castillo.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “La salud pública no necesita héroes, necesita anaqueles llenos de medicamentos”.





