Los aranceles, la frontera y el T-MEC se deciden en un salón al que nadie de aquí fue invitado. Y sin embargo, en los estados que pueden inclinar la balanza este 3 de noviembre en la Unión Americana, hay muchos apellidos mexicanos
Pocas naciones en el mundo viven las elecciones de Estados Unidos con tanta inquietud como México. Cada cita con las urnas al norte del río Bravo no solo renueva asientos en el Capitolio o inquilinos en la Casa Blanca, mueve todo: sacude el tipo de cambio y redefine la agenda de seguridad. Reconfigura, en resumen, la relación bilateral.
Este martes 3 de noviembre, aunque la presidencia de Donald Trump no esté directamente en juego, lo que se dirime en las urnas estadounidenses trazará los límites del poder para los próximos dos años.
El dilema en el Congreso gringo plantea dos caminos con matices muy distintos para la relación con México:
Si el Partido Republicano consolida su hegemonía en ambas cámaras, la administración Trump tendrá manos libres para continuar con las presiones arancelarias como arma de negociación, para extremar las exigencias de contención en la frontera sur y obtendría un cheque en blanco para operaciones de deportación.
Por el contrario, si los demócratas conquistan al menos una de las ramas legislativas, el Capitolio se convertirá en un dique. No frenarán el poder ejecutivo en comercio exterior ni el veto presidencial, pero sí cerrarán la llave a medidas migratorias extremas y elevarán la vara en las cláusulas laborales y ambientales del T-MEC con nuestro país.
En medio de esta puja reaparece el fantasma de la sospecha. La narrativa de Trump que insinúa fraudes o amaga con desconocer resultados adversos no es una improvisación: es una idea calculada para blindar a sus bases, justificar litigios y desgastar a sus adversarios.
Para México, esa erosión del orden institucional no es un mero espectáculo de televisión extranjera; la incertidumbre en Washington se traduce en nerviosismo cambiario y parálisis de inversión en nuestras fronteras. Como dicen por ahí: allá estornudan y acá nos da pulmonía.
Por eso, es irónico que en el corazón de esta disputa resuene con tanta intensidad la esencia misma de México. Los votantes de origen hispano -más del sesenta por ciento con raíces directas en nuestro país- ya no son espectadores pasivos ni forman un bloque dócil y predecible.
Si bien una porción histórica mantiene lealtades demócratas por causas de integración civil, un segmento creciente en estados bisagra como Arizona, Nevada o Texas vota hoy con la mano en el bolsillo, priorizando el costo de la vida y el empleo. En sus manos descansa, irónicamente, el margen milimétrico que inclinará la balanza legislativa estadounidense.
¿Cambiará radicalmente la relación bilateral con el veredicto de las urnas? Sería ingenuo pensarlo. Las formas, los métodos y la beligerancia del discurso variarán según el color del Congreso, pero la anatomía de fondo permanece inalterable.
Con tres mil kilómetros de frontera, cadenas industriales y prioridades innegociables en seguridad -como el combate al fentanilo y el freno a la presencia comercial china en la región-, la interdependencia está grabada en piedra.
Por todo eso, México no puede aspirar a que Washington cambie su naturaleza; su único margen de maniobra reside en anticipar el golpe, blindar su diplomacia y entender que, gane quien gane, la vecindad no da tregua.
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GUADALUPE TADDEI y sus abogados trabajan en la elaboración de una respuesta a todas las acusaciones que se han publicado en las últimas semanas, antes y después de su renuncia al INE.
Sus allegados dicen que está dispuesta a responder a los cuestionamientos por el manejo administrativo y presupuestal del Instituto, pero sobre todo analiza dar la cara por los infundios y agravios personales que ha recibido. Si finalmente decide salir, podría ser esta misma semana.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “Yo soy de aquí y de allá, pero en noviembre solo cuenta el de allá”.





