Nos han vendido héroes sin arrugas: hombres de mármol que nunca dudaron, nunca bebieron de más ni cambiaron de bando. La verdad, contada por un filósofo y no por libros de texto, resulta más incómoda, más humana y, sobre todo, mucho más útil para entender el país que somos
La historia no perdona a los perfectos. No existen. Los héroes de la patria no fueron estatuas antes de ser estatuas: fueron hombres con apetitos, miedos y cuentas pendientes.
Hidalgo bebía y dudaba. Morelos cargó culpas que nunca confesó del todo. Juárez firmó decretos que hoy nos incomodan. Quiérase o no, la condición humana no admite santos de a de veras.
La historia oficial pule las estatuas hasta que dejan de parecer humanas. Y ahí está el error: al volverlas impolutas, las vuelven inservibles como espejo. El poder real -el de ayer y el de hoy- no se ejerce desde la pureza, sino desde la contradicción.
Y con esa reflexión, a propósito de las fiestas patrias, junto con mi colega Isaías Robles tuve la oportunidad de conversar, en el programa de radio A Fuego Lento, con Héctor Zagal, filósofo, escritor y divulgador cultural, sobre los mitos y realidades de la Independencia. Y vaya que hay tela de dónde cortar.
Primer mito: no fue, en su origen, un movimiento de independencia de España, sino la reivindicación de la Madre Patria frente a los invasores franceses en Europa. Hidalgo gritó en su arenga: “¡Viva Fernando VII! ¡Viva el Rey de España! ¡Muera el mal gobierno!”. Nada de romper con la corona.
Segundo mito: no se gritó “¡Viva México!”, sino “¡Vivan los americanos!”, porque México, como país, todavía no existía. Y el grito se dio en la madrugada del 16 de septiembre, no al filo de las once de la noche como cada año fingimos recordarlo.
Tampoco todos los pueblos indígenas estaban en el mismo bando: el cabildo de Tlaxcala se declaró fiel al rey, con el temor de que Puebla se anexara su territorio si la insurgencia triunfaba.
Sobre Hidalgo: tenía unos 57 años, y la imagen que conocemos es pura invención, porque no existe un retrato real de su rostro. Era un criollo rico que perdió su fortuna, aficionado a los naipes -jugador empedernido, dice Zagal-, amante del buen vino. Lo apodaban “El Zorro”.
Ironías de la historia: el padre de la patria tenía más de pícaro que de santo. Allende y Aldama lo culparon del desorden militar y los saqueos que el movimiento fue dejando a su paso. Luego surgieron “Los Guadalupanos”, criollos y mineros ricos que terminaron acercándose a Iturbide.
Para 1819-1820 el movimiento insurgente estaba casi exterminado. La independencia no se consumó por las armas, sino por negociación entre criollos y mestizos, representados por Iturbide e Hidalgo.
Fue Morelos quien decretó, en sus Sentimientos de la Nación, el 16 de septiembre como fecha nacional. La consumación formal llegó hasta el 27 de septiembre de 1821.
El grito más triste de nuestra historia ocurrió en 1847, cuando en Palacio Nacional ondeaba la bandera de Estados Unidos y sus tropas marchaban por las calles de la capital.
¿Cómo se sentirían hoy Hidalgo, Morelos o Guadalupe Victoria ante este México? Decepcionados: soñaron un país católico, no laico. Tristes, por la mitad del territorio perdido. Y furiosos, porque la Nueva España fue el virreinato más rico del mundo gracias a la plata.
De esa riqueza ya no queda ni el recuerdo. Hoy México ocupa el lugar 12 entre las economías más grandes del planeta, según el FMI. No es poco, pero tampoco es aquello por lo que ellos, con sus vicios y contradicciones, se jugaron el pellejo.
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QUÉ BUENO QUE LOS ALCALDES de la CDMX (de Morena, PVEM, PT y PAN-PRI) se hayan puesto generosos con artistas y bandas famosas para celebrar las fiestas patrias, pero valdría la pena que recorrieran sus calles para que vean la cantidad de hoyos y socavones (que no son lo mismo que baches) que hay por todas partes. Ninguna demarcación se salva. La ciudad, de Clara Brugada, ya resulta intransitable.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “El engaño se hereda gratis; la decepción, en cambio, hay que ganársela leyendo un poco de historia”.





