El presidente de EU conserva la oficina, pero ya no el control remoto. Hinojosa en Texas, Becerra en California y un Congreso menos dócil cambian las reglas del juego. La gran pregunta es si México sabrá aprovechar el cambio o se quedará observando desde la orilla.
Si a usted la política gringa le da la misma emoción que el pronóstico del clima en Alaska, es normal preguntarse qué tiene que ver una votación al norte del río Bravo con el precio de las tortillas.
La respuesta corta: casi todo. Cuando el vecino estornuda, aquí nos da gripe; si cambia el humor de sus leyes, cambia el dólar, el mandado y el empleo de millones de familias.
El martes 3 de noviembre no se eligió presidente. Donald Trump sigue despachando en la Casa Blanca. Pero los estadounidenses votaron por el Congreso y por gubernaturas clave. El mensaje y el resultado fueron contundentes: llegó una ola azul.
Trump venía manejando un autobús a toda velocidad: redadas, deportaciones masivas y aranceles repartidos a diestra y siniestra.
Ahora, con el Capitolio en manos demócratas, alguien le quitó la tarjeta de crédito y jaló el freno de mano. Vienen comisiones investigadoras, candados presupuestales y menos castigos comerciales decretados entre el desayuno y la comida.
La sacudida más fuerte, sin embargo, no se oyó en Washington. Se oyó a lo largo de los más de 3 mil kilómetros de frontera.
En Texas, Gina Hinojosa derrotó a Greg Abbott, el gobernador que convirtió el río en alambre de púas y los puentes fronterizos en salas de espera.
En el Distrito 15, el cantante de las quinceañeras, Bobby Pulido, llevó la voz del Valle del Río Grande a la Cámara de Representantes. Del escenario al escaño, sin escalas.
En California, Xavier Becerra, exsecretario de Salud y de raíces jaliscienses, será el primer gobernador latino electo del estado.
Deb Haaland ganó Nuevo México y Peggy Flanagan llegó al Senado por Minnesota, ambas primeras mujeres nativas americanas en esos cargos.
Esta nueva camada entiende algo que el inquilino de la Casa Blanca olvida seguido: la frontera no es zona de guerra, es un corredor industrial, cultural y humano. Y si las aduanas se atoran por berrinche, allá se vacían los anaqueles y acá se esfuman los empleos.
Y la gran pregunta ahora es: ¿se arregla todo por arte de magia para México? No. Los demócratas revisarán el T-MEC con lupa. Y, por otro lado, el fentanilo y los cárteles seguirán en la mesa. Lo que se prevé que cambie es el método: menos chantaje, más negociación institucional.
Por eso, para la presidenta Claudia Sheinbaum se abre una ventana de oportunidades. Primero, la pinza fronteriza: en lugar de desgastarse en pleitos con la Casa Blanca, puede sentarse con Austin y Sacramento a resolver cruces aduaneros, agua compartida y migración.
Segundo, frente a cualquier amago arancelario, tiene ahora un Congreso que puede auditar y frenar el uso discrecional de las leyes de emergencia, y congresistas dispuestos a recordar que los aranceles los paga el consumidor estadounidense.
Tercero, su perfil científico conecta con el ala progresista: energía limpia, nearshoring y derechos laborales pueden convertir la revisión del T-MEC en palanca y no en garrote. Y cuarto, la red consular mexicana podrá proteger a los paisanos sin un gobierno texano en modo cacería y, de paso, cuidar las remesas.
Quiérase o no, el voto con raíces hispanas pesó y redibujó el mapa. El reto para México ya no es solo aguantar los golpes de Washington, sino tejer alianzas con los nuevos rostros del Capitolio y de la frontera antes de que el autobús vuelva a acelerar. Porque en política, como en carretera, el freno de mano no dura para siempre.
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No dominan el español, pero sí el idioma que entiende Washington: el voto. “Los No Sabo Kids” (jóvenes, hijos de padres mexicanos, nacidos en EU) no ganaron la elección, pero salieron a las urnas por primera vez y ya obligaron a repensar cuánto vale el voto latino.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “Los muros se levantan con dinero; los puentes, con votos”.




