Hubo alertas, denuncias y quien tuvo el expediente completo en las manos. Lo que no hubo fue una sola mano levantada a tiempo. Hoy, con el escándalo encima, las explicaciones sobran y las responsabilidades escasean: todos aseguran haber visto venir el problema, pero nadie quiso atajarlo
Si el INE fuera un barco, ya llevaría medio casco bajo el agua. Lo que lo mantiene a flote no es la confianza ni la rectitud, sino algo más primitivo: el instinto de supervivencia. Quiérase o no, alguien tiene que organizar las elecciones de 2027, y en este mar nadie ofrece otro bote.
Pero como en todas las tragedias marítimas, cuando el barco se hunde todo mundo quiere brincar. Unos corren por su vida; otros buscan salvavidas.
Ese es el espectáculo de la crisis que se desató en el máximo órgano electoral desde que Guadalupe Taddei fue designada presidenta.
La impulsaron personajes afines al régimen como Adán Augusto López, Alfonso Durazo y Sergio Gutiérrez Luna, así como el senador Pavel Jarero quien, de última hora, contibuyó a la reforma de los “superpoderes” y no se arrepiente.
Su designación no fue por consenso, sino imposición. Y ahora nadie sale a defenderla. Todos se pusieron el chaleco y adiós.
Los partidos opositores nunca avalaron el nombramiento. Taddei llegó al Consejo General con una animadversión poco vista, y se formó un grupo de consejeros que siempre la rechazó.
De los 11 integrantes de entonces, al menos seis le hicieron la contra: Carla Humphrey, Arturo Castillo, Martín Faz, Dania Ravel, Claudia Zavala y Jaime Rivera.
Tres de ellos concluyeron su gestión y fueron relevados por nuevos consejeros, y la disidencia perdió fuerza.
El nuevo equilibrio favoreció a doña Guadalupe. No todos la acompañaban, como Uuc-kib Espadas y Rita Bell, pero sí Arturo Chávez, Norma de la Cruz, Frida Gómez y Jorge Montaño.
Necesitaba poco apoyo, porque Morena y sus aliados en el Congreso la dotaron de “superpoderes” para hacer y deshacer. Algo que, a la larga, la llevó a hundir el barco, por las presuntas irregularidades que ya se conocen.
Hoy, nadie quiere asumir la paternidad de la desgracia. Todos se lavan las manos.
La consejera Rita Bell “denunció” amenazas de Taddei y de su proveedor favorito hasta que estalló el escándalo, y el titular del Órgano Interno de Control, Víctor Hugo Carvente, expuso el cúmulo de irregularidades ante la Comisión de Transparencia de la Cámara de Diputados. Y nadie movió un dedo.
Hasta Ricardo Monreal, jefe de los morenistas en San Lázaro, salió a decir que ya sabían. ¿Y luego? ¿Por qué no metieron las manos?
Sus razones tendrán, aunque lo cierto es que INE no se hunde solo: lo hundieron los que lo cargaron de más y los que vieron la grieta y miraron para otro lado.
Y si hacen lo mismo con la próxima presidencia, el barco seguirá en las mismas condiciones. Sacarlo a flote exige algo más que lanzar salvavidas, exige apostarle, ahora sí, a la verdadera democracia.
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LA RENUNCIA DE TADDEI se dió apenas 48 horas después de que la Auditoría Superior de la Federación, que comanda Aureliano Hernández, inició una investigación por el manejo de casi 30 mil millones de pesos, en la que presuntamente se revelan diversas irregularidades: contratos paralelos, adjudicaciones a empresas recién creadas, nóminas a empleados fallecidos y observaciones millonarias sin resolver. Aunque aún no se prueban culpabilidades, la renuncia aviva dudas sobre un posible conflicto de intereses.
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SE PREVÉ que las auditorías al INE alcancen la gestión de Leonardo Valdés Zurita, como presidente del organismo. En particular se habla de la compra del Edificio de Acoxpa en 600 millones de pesos, en cuya operación estaría involucrado el exdirector administrativo, Miguel Fernando Santos Madrigal. Valdés, junto con Lorenzo Córdova pertenecen al Partido Somos.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “El suspenso es mostrar la bomba bajo la mesa. Aquí la mostraron, y nadie se levantó”.





