En México y en Palestina, la palabra “desaparecido” se pronuncia con la misma rabia y la misma impunidad; quizá cambian los kilómetros de distancia entre los desiertos de Ciudad Juárez o los escombros de Gaza, pero la maquinaria es idéntica: gobiernos que reducen vidas humanas a cifras mientras las familias escarban la tierra con las uñas.
Por eso, ver a Panteón Rococó en las oficinas de NPR en Washington D.C. no fue un simple show de catálogo por el Mes de la Herencia Hispana del Tiny Desk, fue un golpe de protesta visual y musical desde el corazón del país número uno en producción exportador de armas del mundo.
Bastaba una mirada a la toma para entender que la banda de Ciudad de México no fue a posar: mientras el guitarrista exigía “Ningún ser humano es ilegal” y el bajista llevaba a un perro orinando olímpicamente sobre las siglas de I.C.E. (al lado del mensaje antifascista del FC St. Pauli), al centro, Dr. Shenka cantaba enfundado en la camiseta del Club Deportivo Palestino.
El setlist explicó la barbarie de nuestro país y de otras fronteras: abrieron con Arréglame el alma para nombrar el colapso emocional de vivir en un país roto. Inmediatamente soltaron el mazo de 1993 para señalar al culpable: un Estado represor y la herida abierta de los que faltan.
Luego, Cha cha love y La dosis perfecta funcionaron como el único refugio posible, demostrando que el amor y la música son trincheras de supervivencia afectiva para no quebrarse.
Y, por supuesto, remataron con La carencia para escupir la realidad completa: la explotación laboral y la pobreza como la otra cara de la misma violencia sistémica.
Pero el verdadero golpe fue 1993, una canción incómoda para el sistema, que le dio voz a las más de 134 mil personas desaparecidas en México, mismas que el gobierno mexicano, en palabras de quienes hacen el trabajo de las fiscalías, no reconoce.
Para el discurso oficial, 1993 es solo un año en el calendario donde nos vendieron el sueño del primer mundo quitándole tres ceros al peso y firmando el TLCAN, mientras empezaban a aparecer los primeros cuerpos de mujeres brutalmente asesinadas en Juárez.
Tres décadas después, el tema no es un recuerdo noventero; es la radiografía de una deuda del Estado que no deja de sangrar y que Panteón Rococó tuvo que dedicar “para todos nuestros desaparecidos allá en México”, que extrañamos, buscamos y que algún día encontraremos de nuevo.
Estrenar esta sesión el 1 de octubre, a unas horas de conmemorar la matanza del 2 de octubre de 1968, donde el gobierno tampoco quiso contar a sus muertos, fue el remate perfecto.
Y yo podría decir que Panteón Rococó demostró que un Tiny Desk no sirve para entretener a las élites ni para adornar algoritmos de redes sociales, pero no lo voy a decir porque en realidad este sirve para recordar que, mientras el Estado siga acumulando desaparecidos aquí y en cualquier parte del mundo, la memoria no se rinde.




