El Secretario General de la ONU alertó que el hambre se está utilizando como arma de guerra. Y mientras los líderes discuten treguas y fronteras, la población sobrevive al filo del colapso.
La tregua entre Israel y Hamás se sostiene con fragilidad. En los últimos días, el cruce humanitario de Rafah permanece cerrado y los camiones de ayuda apenas representan una fracción de lo prometido: mil de los 6 mil 600 acordados, según datos de Naciones Unidas. Mientras tanto, Estados Unidos, a través del vicepresidente J.D. Vance, calificó el alto al fuego como “mejor de lo previsto”, pero advirtió que una nueva ofensiva podría iniciarse si Hamás no cumple con su desarme.
Sin embargo, la tragedia en Gaza no se mide solo en ataques. Desde 2023, el territorio vive una crisis humanitaria sin precedentes: el 94 % de la población enfrenta inseguridad alimentaria severa, de acuerdo con la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (IPC), avalada por la ONU y la FAO. Medio millón de personas ,es decir, una de cada cinco, sobrevive en condiciones equivalentes a hambruna.
El Ministerio de Sanidad de Gaza reporta más de 70 mil muertos y 168 mil heridos desde el inicio de la ofensiva. A ello se suma la destrucción de infraestructura: el 75% de los terrenos agrícolas ha sido arrasado, y solo el 1.5 % sigue operativo. Los hospitales carecen de electricidad, medicinas y fórmulas infantiles.
Hoy, mientras el mundo observa con cautela la primera fase del plan de paz impulsado por Estados Unidos, encabezado por el presidente Donald Trump, la realidad sobre el terreno evidencia un punto crítico: no puede haber paz sin alimentos, ni reconciliación posible con una población al borde de la hambruna masiva.
Aunque el plan de paz impulsado por Trump contempla 20 puntos, entre ellos el ingreso de ayuda humanitaria y la retirada gradual del ejército israelí, la realidad contradice el discurso. La ONU advierte que se necesitan al menos 500 camiones diarios de suministros, pero apenas entran entre 28 y 100. En promedio, los habitantes de Gaza consumen solo mil 400 calorías diarias, es decir, menos del 67% del mínimo de calorías necesarias.
El Secretario General de la ONU alertó que el hambre se está utilizando como arma de guerra. Y mientras los líderes discuten treguas y fronteras, la población sobrevive al filo del colapso.
Cada niño que muere por falta de agua o alimento en Gaza es una herida que debería dolerle a la humanidad entera. Y mientras esa herida siga abierta, ninguna firma en ningún tratado podrá llamarse paz.
Aceptar un cese al fuego sin resolver la hambruna inmediata es construir una paz de papel. La paz no es la ausencia de bombas, sino la presencia de vida digna. Gaza no necesita treguas temporales: necesita pan, agua y futuro. Porque mientras un niño muera de hambre, ningún tratado podrá llamarse paz.
La comunidad internacional tiene ante sí un deber impostergable: garantizar que la primera fase del plan de paz no se limite a silencios militares, sino que abra un corredor humanitario masivo, sostenido y digno.





