En 40 años, solo una mujer ha presidido el TSJ de la CDMX. A nivel nacional, apenas nueve de los 32 tribunales locales están encabezados por mujeres
En 40 años, solo una mujer ha presidido el TSJ de la CDMX. A nivel nacional, apenas nueve de los 32 tribunales locales están encabezados por mujeres. En los próximos meses, el Poder Judicial de la Ciudad de México vivirá un momento definitorio: la elección de quien ocupará la presidencia del Tribunal Superior de Justicia capitalino (TSJ-CDMX), en relevo del actual titular, Rafael Guerra Álvarez, cuyo mandato concluye en diciembre.
La transición se da en un contexto complejo: tras una Reforma judicial que implicó la elección de 881 cargos federales y un paro judicial sin precedentes de más de 40 días, en medio de retos operativos y estructurales en una institución clave para el acceso a la justicia y el equilibrio democrático del país.
El proceso de sucesión se convierte así en una oportunidad histórica para renovar la legitimidad del Tribunal, impulsar su profesionalización y fortalecer la confianza ciudadana.
En este escenario ya alzan la mano distintos perfiles, entre ellos la magistrada Celia Marín Sasaki, con más de 35 años de servicio en el Poder Judicial capitalino, quien, desde mi análisis, representa entre otras, una interesante posibilidad de transformación con sustento técnico y humano, y es por muchos conocida por sus sentencias con perspectiva de género.
Quien encabece el TSJ-CDMX debe continuar con los trabajos en materia de igualdad sustantiva, y asumir un rol activo frente a la impunidad. Se necesita liderazgo con perspectiva de género, trabajo coordinado con fiscalías y acciones firmes ante la cifra negra que sigue silenciando a mujeres y grupos vulnerables.
Por otro lado, es momento de detenernos y mirar con profundidad una realidad que suele pasar inadvertida entre formalismos y discursos: en un país con una mayoría poblacional femenina, solo nueve de los 32 tribunales locales en nuestro país, están encabezados por mujeres. Y en la capital del país -donde se presume vanguardia y progresismo-, solo una mujer ha presidido el Tribunal Superior de Justicia en las últimas cuatro décadas.
Por ello, la postulación de alguna mujer para presidir el TSJ-CDMX no solo representa una aspiración profesional legítima, sino que adquiere un carácter profundamente simbólico, necesario y transformador.
Quizá sea momento de desafiar décadas de exclusión estructural, con lo que se estaría enviando un mensaje claro: que el Poder Judicial también debe ser un espacio de igualdad sustantiva. En tiempos donde la paridad es una exigencia constitucional, no basta con contar cuántas mujeres están en la nómina. Es imprescindible preguntarnos cuántas deciden, cuántas encabezan, cuántas transforman. La eventual llegada de Marín Sasaki u otra candidata a la presidencia del TSJ-CDMX, significaría no solo romper con una larga cadena de exclusiones, sino marcar un antes y un después en la conducción de la justicia con mirada incluyente, paritaria y, espero, con perspectiva de género en trabajo profundo con las fiscalías.
La elección -prevista entre septiembre y octubre- será además la última en que los 79 magistrados locales voten directamente por la presidencia del TSJ, lo que la convierte en una decisión trascendental de cara al rediseño judicial previsto hacia 2027. El proceso que viene no será solamente una elección interna. Será también una señal hacia la ciudadanía sobre el rumbo que tomará el aparato judicial de la capital. La llegada de una mujer sería, sin duda, un paso firme hacia una justicia más humana, legítima y paritaria. Porque el relevo que se avecina no es solo una sucesión de nombres, sino una definición de justicia en la capital.
No se trata solo de colocar a una mujer al frente. Se trata de construir una institución más equitativa, eficiente, digitalizada y representativa de la pluralidad social que atiende.





