Aunque se alarga la imposición de nuevos aranceles, México se ve obligado a salir de su zona de confort, mientras que el T-MEC agoniza y se avecina una reconfiguración en la geopolítica global
En política internacional, como en ajedrez, cada movimiento cuenta. Y Donald Trump mueve las piezas que podrían cambiar para siempre la configuración comercial de Norteamérica.
La posible imposición de nuevos aranceles a México y Canadá no sólo refleja un giro agresivo en su estilo de negociación, sino un punto de inflexión en la geopolítica global.
Lo que se avecina no es sólo un golpe económico, es un terremoto en las estructuras del T-MEC, ese acuerdo que durante años se vendió como garantía de estabilidad trilateral.
Ahora, con Trump presionando desde su retorno al escenario y la presidencia de Claudia Sheinbaum estrenando su músculo diplomático, el tablero se está redibujando.
Y aunque el trago será amargo –como lo reconocen en Palacio Nacional–, también es una sacudida necesaria.
La dependencia crónica de México con respecto a EU tiene fecha de caducidad, y los aranceles, paradójicamente, pueden acelerar la cura.
En lugar de hundirse en el pánico, nuestro gobierno apuesta a la diversificación, a buscar nuevos socios, rutas y mercados. A salir, en pocas palabras, de su zona de confort. Y el resultado está por verse.
Pero mientras tanto, las 9 reuniones virtuales entre Sheinbaum y Trump, aunque invisibles para muchos, dieron frutos.
Contra los pronósticos catastrofistas, la Presidenta logró frenar por 90 días la aplicación de los aranceles. Más aún, se mantiene abierta la negociación para alcanzar un nuevo marco de entendimiento comercial con EU, uno que –dicen desde Palacio– podría ser incluso más justo que el actual.
Claro, esto tiene un precio: el T-MEC, tal y como lo conocíamos, está entrando en su etapa terminal. Varias de sus cláusulas quedarán en papel mojado, y con ello, se redefine no sólo el futuro de la región, sino las reglas del juego para las próximas décadas.
En Washington, lo tienen claro: con Trump, el manual viejo ya no sirve. La lógica del “vecino preferente” ha sido reemplazada por la doctrina del “America First” recargado. Y México, que históricamente ha evitado el conflicto directo, ahora se ve obligado a jugar como actor global.
Detrás del manejo de Sheinbaum están nombres clave: Esteban Moctezuma en la embajada, Juan Ramón de la Fuente en la Cancillería, Marcelo Ebrard en Economía y Omar García Harfuch en Seguridad. Todos, piezas de un gabinete que, al menos en este frente, ha sabido moverse con una estrategia quirúrgica.
El mensaje es claro: México no peleará con gritos, pero tampoco se dejará acorralar. Y aunque Trump vuelve a la carga –como lo hará–, la respuesta mexicana no será la de antes.
Porque lo que comenzó como una amenaza comercial puede terminar siendo la oportunidad más grande para que México deje de mirar siempre hacia el norte… y comience a construir un verdadero futuro hacia todos los puntos cardinales.
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A DIFERENCIA DE LOS VIAJES de Ricardo Monreal, Andy y otros miembros de Morena, en Palacio Nacional el que más generó molestia fue el de Mario Delgado a Portugal. Como secretario de Educación no pidió permiso ni avisó.
Y es que a muchos funcionarios –me dicen desde la Presidencia– no ha terminado de quedarles claro que no se mandan solos. Una cosa es la autonomía de gestión y, otra, hacer lo que les venga en gana.
El enojo mayor radica en que da la impresión de que líderes del movimiento y altos funcionarios andan sueltos y, peor aún, que la 4T se ha convertido en la proveedora de recursos para los “nuevos ricos”.
Mario, Monreal, Adán, Noroña, Andy y otros, no han actuado con prudencia. No hay recato ni discreción. Parece que se esfuerzan para hacer saber al mundo que ahora sí les va “requetebién”. Luego que no se quejen de las renuncias voluntariamente a fuerzas.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “Trump no tiró el T-MEC… lo está deshojando cláusula por cláusula”.





